La salud, la transparente fragilidad de la existencia

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El Día Mundial de la Salud se celebra todos los años el 7 de abril para conmemorar el aniversario de la fundación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1948.

Salud es una palabra que es asimilable a “vida” y, en cualquier caso, es un concepto que denota energía, vitalidad, capacidad y sobre todo felicidad.  

Quizás la palabra salud sea una de las utilizadas por las personas porque es inherente a nuestras vidas y la perdida de la misma supone dolor, enfermedad e incluso muerte.

Cuando tenemos salud todo fluye, todo acontece según los ritmos de la naturaleza, nuestra vida está alineada con la existencia y nuestra percepción de nosotros es casi trasparente, invisible. 

Sabemos que tenemos y somos un cuerpo, pero no lo sentimos. Pensamos y percibimos, pero no somos conscientes de lo que pensamos y percibimos, pues nuestra mente funciona con un automatismo mecánico.

Nuestra conciencia se proyecta hacia el futuro lleno de deseos y anhelos por conseguir y se retrotrae al pasado en busca de alimento para la culpa, la tristeza y la melancolía. Y mientras la vida pasa y como decía John Lennon: «la vida es esa cosa que pasa entre el nacimiento y la muerte, decimos que estamos sanos, nada nos duele, nada nos apena, nuestra vida en un tono monocorde y tibio babea entre nuestra existencia».  

En los años 70 y 80 del pasado siglo la Organización Mundial de la Salud ya acuño un término para salud que era la ausencia de perturbaciones físicas, psíquicas y sociales. En ese momento, donde la salud se hizo mayor de edad, la salud adquirió una dimensión ecológica. Ya la salud no era la ausencia de enfermedad, sino que eran más cosas.  

No solo bastaba con no tener enfermedades físicas, sino también la ausencia de perturbaciones mentales e incluso la ausencia de problemas sociales. Por fin se había dotado al ser humano de una categoría universal y cuerpo, mente y entorno eran un todo indivisible, donde la alteración de una dimensión acarrea la resonancia de las otras dimensiones.  

En cualquier caso, la OMS no había inventado nada nuevo, pues desde épocas pretéritas siempre se concibió al ser humano como un pequeño microcosmos y por ello nada le era ajeno. Hipócrates, padre de la medicina y filósofo pitagórico de formación, ya aconsejaba e insistía en el cuidado del alma y en la utilización de las artes para ayudar a la sanación. 

Pero de lo que si podemos estar seguros es que cuando se pierde la salud, es decir cuando algo nos afecta a nuestro cuerpo, a nuestra mente o a nuestro entorno, entonces y solo entonces nos hacemos conscientes. La vida deja de fluir plácidamente, nuestro cuerpo se encarna con fuerza inusitada, nuestras percepciones y pensamientos golpean con dureza nuestras vidas y nuestro entorno se ve alterado.  

«No hay enfermedades, hay enfermos» decían los hipocráticos y podríamos añadir: «no hay personas enfermas, enferma el entorno, la familia y el tejido social donde se haya el individuo». En este atribulado siglo, donde estamos viviendo un cambio de paradigmas y de pensamiento, un siglo donde el ser humano se está enfrentando a grandes retos políticos, sociales, medioambientales y sanitarios, es ahora más que nunca, cuando el concepto de salud debe expandirse y abarcar todas las esferas de la existencia. 

La salud no solo es la ausencia de enfermedad física, psíquica o social, sino que la salud es la integralidad de todas las dimensiones del ser, incluida la más penetrante e invisible que es la dimensión trascendental y espiritual.  

Esta última dimensión está subordinada a la conciencia, pues es la conciencia la que permea y atraviesa todas las dimensiones de la existencia pues la propia existencia es conciencia y la conciencia es “vida”.  

Es por ello que cuando enfermamos, la vida y la conciencia nos ponen en una fantástica situación para experimentar, de manera dura y marcial, la urdimbre de la vida, es cuando enfermamos que la vida se desnuda ante nuestro ser y se convierte en una oportunidad de maduración y trasformación.  

A través de la salud, pero sobre todo a través de la ausencia de la misma, es cuando nos hacemos conscientes de nuestra participación en la existencia y en la vida y caemos en la cuenta de que siempre hemos sido salud, vida y conciencia. 

El «GuíaBurros: La enfermedad como experiencia de transformación«, de Julio Zarco, es una guía intensa y sanadora que se convierte en una lectura imprescindible para toda persona que conviva con la enfermedad, bien cómo cuidador, bien cómo paciente.

Este libro se lo debemos a un médico, a un humanista, que ha convivido con la enfermedad desde el lado del que cura, atiende y ha visto el sufrimiento en el otro; pero también desde el lugar donde el sufrimiento es vivido en carne y mente propias.

Julio Zarco es médico de familia y doctor en humanidades por la Universidad Complutense de Madrid donde imparte docencia de psicología médica y psiquiatría.

Durante más de tres décadas ha compartido su vida profesional entre el ejercicio clínico asistencial en varios centros de salud de Madrid, la docencia universitaria y responsabilidades en la gestión sanitaria.

Durante ocho años fue Presidente Nacional de la Sociedad Española de médicos de Atención Primaria y primer Director técnico del museo Nacional de medicina Infanta Margarita de la Real Academia de medicina.

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